[Des]control


'Momo comenzó a sorprenderse que se pudiera andar tan lentamente y avanzar tan deprisa.'

Y ya lo dicen, lo contrario al amor no es el odio, es la indiferencia. Es la indiferencia la que te rompe el corazón, la que te decepciona, la que te deja abandonada, en medio de una carretera, sin norte ni sur. Tan perdida, que ni caminar sabes ya. Se está haciendo de noche.

Manar. Me enamoré de una palabra, caminando cogida de la mano de otra historia, de otra vida, de otra realidad. Me enamoré de cómo esta palabra se pega al paladar, llenando la boca de significado. Cómo una palabra es metáfora y salvación al mismo tiempo. Luz que te guía en la oscuridad. Si el alma hablara, utilizaría únicamente palabras tan intensas. Así, quizás, se encogería la distancia entre el peso de tu corazón y la del susurro de tus labios. 

Supongo que tratamos de buscar nuestro manar, todo el tiempo, en todas las flores que asoman entre la nieve. Supongo, también, que es lo que hace que el viaje valga la pena. Es la única forma que tenemos de descubrir que cuando estamos abandonados en la cuneta, y sí, se está haciendo de noche -no brilla la luna y tenemos frío- en realidad, no estamos tan solos. Hay pequeñas luces, estén cerca o lejos, pero que aclaran la noche. Aprendes que no es necesario saber dónde queda el norte o cómo ir al sur. Tienes que ir hacia la luz. Hacia tu manar. 

A medio camino saldrá el sol. El cielo se volverá a teñir de colores, y los rayos bailarán en tus párpados. Volverá a hervir la sangre, y ese pequeño fuego que arde en el pecho de todos, volverá a brillar. Tal vez suficiente, incluso, para ser manar de alguien. Y pasarás de estar sin control en la oscuridad, a no controlar la cantidad de luz que emana de ti. 


Ana 'Uala'




Cualquier tiempo pasado


Bienvenida, primavera. 

Dos días lloviendo y hoy, que ha llegado la primavera, ha salido el sol. Y una se olvida que ha hecho frío, o que tuvo malos días. Porque amanecer escuchando rumba anima el corazón. 

Pensaba hoy en lo lejanos que parecen los problemas vistos con perspectiva de eso que llamamos tiempo... y lo mucho que los sufrimos en el momento. Lo lejos que parecía el ahora, y lo cerca que parece el ayer. Como si una vez pasado la explosión, todo volviera a ser igual. Pero no, nunca lo es. No eres la misma persona, nunca más. Supongo que es esto lo que la gente llama crecer.

¿Qué será de aquella yo que era, y que dejó de existir? ¿Era acaso menos real? ¿Es el tiempo una excusa para no sentir? Total, todos acabamos en el mismo agujero, creamos en el alma eterna o no. Nunca me he llevado muy bien con la memoria. De todas, es la más mentirosa. Amante de la supervivencia, se unen para hacerte olvidar todo lo malo. Todas esas lágrimas derramadas, esos nervios en el estómago, esas noches sin dormir, se eliminan, teñidos de melancolía que te dibuja una sonrisa en la cara.

¿Que por qué es eso algo malo?

Porque hace el sufrimiento vano. Cual es el sentido, para qué nos molestamos, si luego todo queda en un juego de niños. Si no es más que algo que alejamos con pequeño gesto de la mano. Como si no hubiera sido importante. Como si lo que hubieras sentido nada. Qué tonta fui.

Sí, fui tonta, pero sentí. Intensamente. Y no quiero dejarlo ir. Quiero tenerlo cerca, para entender ser feliz está escrito en lápiz.

¿Cómo podemos olvidarnos del frío cada primavera?

Ana 'Uala'




Si no lo has oído, grita más



Suena el despertador. El sol te da los buenos días, mientras saltas de la cama y te preparas. Ducha, te pones cualquier cosa encima y con el pelo aun mojado, tiras cuatro cosas en una vieja mochila. La cámara, que no falte la cámara. Ya llevan dos perdidas, te están esperando abajo. Esperando al ascensor te das cuenta que te has olvidado la toalla. Vuelves a entrar, y aprovechas y coges la botella de agua fría. 

Deprisa, que aun tenéis que pasar a buscar a otros dos. 

Así empieza, un fin de semana entre buen rollo y cerveza fría. De la playa saltas a la montaña, a veces más a veces menos. Siempre alegría y buen cuerpo, y siempre, siempre, comida de más. Y alcohol de menos. Al final, todo se resume en risa. Risa, risa de esa contagiosa y estúpida, que te hace olvidar de las razones que la provocan y pensar más en el eco que dejan. Eco, eco, eco. Ja, ja, ja. Que en castellano nos reímos con jota. Al final son todo risas y confesiones a medianoche. 

Hay un hilo que nos une, nos ata, y hace de nuestras historias una. Hay un hilo que se enreda y se alarga, y un hilo que a veces está a punto de deshilacharse y que al final, increíblemente, se mantiene en su sitio. Hilos compuestos de muchos, hilos únicos, hilos que sólo están ahí para que no pierdas el camino. Buscando la salida tras derrotar al Minotauro. O algo incluso peor. 

Quizás, en esta ocasión, sobraba nieve y faltaba sol. No faltó el alcohol ni sobró comida. Pero como siempre, se gritó, se gritó mucho. Y si no lo oíste a la primera, se grita más. Porque otra cosa no, pero sabemos hacernos notar. El paisaje no será al que estoy acostumbrada, seguro. Pero empiezo a reconocer esos hilos, esos hilos a veces tan visibles que comienzan a escribir la historia de desconocidos. Hilos que te unen, por un rato o para siempre - y eso es lo de menos. Porque si partimos de la base que el tiempo no existe, quizás la historia de un día es más importante que toda una vida llena de historias. Y no importa qué ocurra de aquí dos años, nos riamos o no de los sucesos que ocurrieron, nos acordemos más o menos, o queramos volver. No importa, porque esos hilos, una vez se crean, ya no desaparecen nunca. Quedan marcadas. Y depende de nosotros encontrar lo que esconden al otro lado. 

Supongo que si no les oigo, no hará falta más que gritar.

Ana 'Uala'

Aprender, olvidar y volver a aprender




La última vez que estuve en casa de mi abuela, en una de esas mañanas perezosas de verano, me llamó a la terraza. Me llamó para enseñarme una lección de vida. Recuerdo ese día tan bien. Cómo se arrastraban mis pies mientras pensaba en qué iba a hacer en ese día sin tiempo. En qué querría mi abuela de mí, ella que siempre anda descontenta con las cosas que hago. Pensaba que tenía hambre, y que quizás me hacía una ensalada de tomate y pepino, alimento básico caucásico. 

Salí a la terraza, y mi abuela me esperaba con la cesta de ropa limpia. 'Ven, hija, que tienes que saber cómo tender la ropa'. 

Esa era la lección de mi abuela. Tender la ropa de forma bonita. De forma ordenada. Primero, al fondo, lo más grande. Sábanas y toallas. Después camisetas: manga larga, manga corta, tirantes. Pantalones. Ropa interior. Trapos. 

Normalmente, soy de poca paciencia para este tipo de lecciones. No creo que saber tender la ropa me haga mejor o peor persona. De hecho, no creo que cambie mi vida en lo más mínimo. Pero también vi que mi abuela, sabiendo mi de mi pronto, lo estaba haciendo con sus palabras más dulces. Porque para ella era importante que su nieta, cuando estuviera en casa ajena, supiera tender la ropa de forma correcta. Ser de buena familia y esas cosas, supongo. Tiene que ser difícil vivir atrapado en el que dirán. 

La primera lavadora que puse estando sola, estereotipadamente y cumpliendo con todos los tópicos, me salió la ropa blanca, rosa. Al fin y al cabo, nos componemos de errores, y el mío fue mezclar colores. Ahora ando con calcetines rosas que me recuerdan que para combinar colores ya están las paletas, que la ropa mejor separada. 

Así que nadie me enseñó a poner una lavadora, sin embargo sé tender la ropa. 

Estoy divagando mucho, mucho. Pero pensaba en lo importante que es para las personas transmitir su conocimiento. Enseñar, compartir experiencia. Decirte qué se hace cómo, y a veces incluso por qué. Te llenan la cabeza con información, queriendo o sin querer, no importa. Te aconsejan, con consejos que ni ellos aplican, y a veces se callan lo mejor. Eso es normalmente cuando te quejas de por qué nadie te avisó. Por qué nadie te avisó que iba a doler tanto. Que lo ibas a echar tanto de menos. Que no hay mejor lugar y momento que el ahora. Nadie te avisó que la vida era tan maravillosa. 

Y pensaba, también, que a la hora de la verdad, da igual lo que te hayan enseñado y lo que no. Porque te olvidas, y haces, y te equivocas. Entonces, te acuerdas... y vuelves a aprender. Una vez. Y otra, y otra, y otra...


Ana 'Uala'




La importancia de un día



Hay momentos que se merecen banda sonora, y encontré la mía gracias a un casi amigo al que tuve que odiar, para volver a conocer de nuevo. Curioso, que fuera él quien me diera la canción que escucho cada vez que me olvido de por qué huí al norte. (¿Huí? Quizás. Mejor, me tomé un descanso.)

Lo echaba de menos. Echaba de menos conocer a gente loca. Loca de verdad, con esa locura de la que me habló una amiga en una carta. Locura de la libertad y del viento en la cara. Libertad que sabe a mar, incluso cuando estás en las montañas. Locura de ojos tranquilos, pero llenos de furia. Pasión, para ser más exactos. Esa locura que te hace pensar que los locos son los demás, por no tener esta mirada.

Echaba de menos las pequeñas casualidades, como es que salga el sol el día que más lo necesitas. Conocer a un loco (de los de verdad) el mismo día que sale el sol. Poder abrazar a una amiga en la parada del bus: ella porque llega tarde, tú porque llegas temprano.

Echaba de menos encontrar el amor en cada esquina, pero lentamente, empiezo a ver los corazones de nuevo. En todos lados, a todas horas. Echaba de menos el querer por querer, el sonreír por la alegría de estar viva y enamorada de esta vida. Porque por un momento, me olvidé, me olvidé que hay que querer, sin peros, y a pesar de todo. Que la solución siempre está en querer un poquito más. Per què mai s'estima massa. Nunca. Nunca se quiere demasiado.

Un día. Sólo hace falta un día. Que llegue, que pase. Como principio o como final. Un día lleno de conversaciones necesarias. Y un día de silencio. Silencio absoluto, sin saber qué pasa al otro lado del espejo.

Un día, un día lo cambia todo.

Ana 'Uala'


Año nuevo, misma vida



Supongo que voy tarde para los buenos deseos, y para todas esas promesas que se hacen con la ceguera del comienzo de un nuevo ciclo. Ya son muchas dietas comenzadas los lunes para saber que los cambios ocurren cuando menos te lo esperas, no mientras te ahogas entre una mezcla de uvas y abrazos. No vale hacer promesas con magia en el ambiente. 

Al fin y al cabo, no es más que una noche, Una noche cualquiera. Con algo más de pólvora en el aire. Pero, sinceramente, hay noches que me gustan más.

Tengo que admitir, por eso, que lo hice todo. Hice todo el ritual. Retrospectiva incluida. Y, obviamente, lista de deseos. También llevé rojo, e intenté comer las doce uvas. Esta vez, después de tantos años, incluso salí a celebrarlo. Me consuelo pensando que celebraba otras cosas, pero es una excusa poco sincera. Supongo que hay veces que te hace falta una tradición para cambiar tu energía.

Tradición, un barco, y gente con las pilas cargadas. Y funcionó. Juro que funcionó. Vi como el cielo se volvía azul sólo por el deseo de una persona. Y luego, gracias a ese cielo azul, lo vi verde. Todo muy verde. Y recordé que yo nací bajo la estrella de la buena suerte, pero que sólo se activa cuando me lo creo.

Quizás no fui dueña de la creación, pero durante seis días, renací. 'Sea la luz', y brilló el cielo, el alma, los ojos. Me fui lejos para no estar sola, tal vez huyendo un poco. Pero lo dicen, perderse para encontrarse, y encontré un mejor camino de vuelta a casa. Un camino más soleado. Improvisado.

Conseguí pedir ayuda a través de la distancia. A confiar en las personas, cuando te falta fe y suerte. Y luego, justo después, entendí que ser perfecto no depende de nadie más que de ti mismo. Si tú no haces tu vida especial, nadie lo hará. Reaprendí la importancia de los abrazos -¡qué falta me hicieron!

Mirando el cielo, la última noche, viendo cumplido uno de mis mayores deseos, entendí, otra vez, que si no eres feliz con lo que tienes, no lo serás con lo que te falta. Y estar concentrado en aquello que no es, te hacer perder todo lo increíble que está pasando.

En seis días, aprendí seis lecciones que me sacudieron el alma. Por eso, el séptimo día, descansé. Descansé muchas horas, volviendo al calor del hogar. Bendita sea mi cama.

Supongo, que a veces, está bien tener una excusa para cerrar ciclos. Saber decir adiós... Y abrazar lo que venga de nuevo.

Ana 'Uala'


Let them fly


Me contó una vez mi tía, que en un viaje de autobús, le dije de repente, que nunca más iba a querer a nadie. Me miró extrañada... ¿Por qué?

Yo no me acuerdo de la respuesta, sinceramente. Pero puedo trasladarme en el tiempo, sentarme al lado de mi tía, cogerle de la mano y volver a contestar, sin miedo a equivocarme: Porque duele tanto. Duele tanto cuando se van. 

Más de media vida después, sigo pensando en la respuesta de esa niña perdida. Sigo pensando en el dolor que provoca la distancia. Siento como a mis pulmones les falta aire, por que mi aliento se lo quedan las conversaciones congeladas en el tiempo. Tiempo que nunca podré recuperar con gente a la que quisiera abrazar hasta que me salieran raíces. Entiendo a esa niña, triste, confundida por no entender que hay cosas que no puedes controlar. No hay cadenas reales con las personas, no puedes tenerlas cerca siempre que quieras.

La entiendo, y la recuerdo. Y a veces me resuena el eco de estos sentimientos. Cuando aprieta la distancia en la oscuridad de la habitación, o en la felicidad de un amanecer. En el silencio. Ahí se esconde la nostalgia, en el silencio de tu alma al oír las risas de los demás.

La recuerdo, pero ahora es sólo un espejismo. Si pudiera, me sentaría a su lado en ese autobús, y le contaría lo que sé ahora. Le contaría que hay un método mucho más simple que no querer: querer incluso más. Querer hasta que tu alma reviente. 

Le contaría que no tardará en descubrir, que somos incapaces de no sentir amor. Que no podemos evitarlo, nos gusta la gente. Y que sólo hay una solución simple para eso. Deja que te lean. Ábrete, no te ocultes. Sobre todo no ocultes tu sonrisa.

No disimules tu amor por la gente. Ama, sin reparo, sin miedo, con pasión. Cuanto antes ames, más intensos serán los recuerdos. Y tendrás mucho más a lo que agarrarte cuando se vayan. Por que se irán, esto también te lo prometo. Porque somos todos nómadas en el alma, tú la primera. Y las despedidas serán tristes, porque el amor fue intenso. Pero no habrás perdido el tiempo en intentar evitarlo. Le habrás entrado con todo, como sólo tu sabes. Y abrazarás desde el primer momento, porque cada abrazo que no des, es un abrazo perdido. Es un abrazo que lamentarás no haber dado cuando esté lejos. Así que abraza, y guárdate el recuerdo para luego. No echamos de menos a las personas, si no a quienes éramos nosotros cuando estábamos con ellas. Así que sé lo más sincera que puedas, y quiere. Quiere cuanto más y cuanto mejor puedas. Así, cada vez que te brillen los ojos, todas las personas a las que echas de menos estarán allí junto a ti. 

Que las dos sabemos, ahora, que echar de menos es la sensación feliz más triste del mundo. Y por eso no hay tiempo que perder. 

Que podrías elegir vivir sin amor, pero que vida es cada latido que tu corazón da por otra persona. 


Ana 'Uala'